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viernes, abril 16, 2021
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#SoyMariana y tu indiferencia me mató. Sobre la cultura de la violación en el sistema de salud

Diana Bañuelos

Hace unas semanas sacudió a todo México, pero de forma particular a las mujeres que trabajamos en salud, la noticia de la muerte en circunstancias sospechosas de una joven de 24 años pasante de medicina.

Mariana Sánchez Dávalos, quien prestaba su servicio social en la comunidad de Nueva Palestina, municipio de Ocosingo, en Chiapas, fue hallada muerta con signos de violencia en el cuarto de la clínica donde vivía. La presión sobre la fiscalía hizo que se abriera una investigación por feminicidio, aunque ya se había declarado muerte por ahorcamiento y se consideró como un suicidio en un primer momento.

Días después fueron saliendo más detalles del infierno de Mariana. Escuchamos de la voz de su madre, que la joven llevaba meses denunciando violencia sexual ejercida por parte de otro de los médicos de la clínica, quien llegaba borracho e intentaba meterse a su cuarto por las noches, y que incluso llegó a forzar la puerta mientras ella dormía para intentar tocarla. Mariana alertó de esto a la directora de la unidad y a sus autoridades académicas, pero su pedido de auxilio fue minimizado. En respuesta, le regalaron unos tamales, y unos días de descanso para que “supere el trauma”.

Hoy este hombre está plenamente identificado como otro de los médicos de la clínica de Nueva Palestina. “Fernando Cuauhtémoc N” como se ha divulgado en los medios de comunicación, se entregó voluntariamente en las oficinas del Tribunal de Justicia del Estado de Chiapas para que se realicen las investigaciones correspondientes para esclarecer el presunto feminicidio. Sin embargo, en un proceso lleno de irregularidades, el cuerpo de Mariana fue incinerado a la brevedad sin que la fiscalía interviniera y sin el consentimiento de su madre. Las recomendaciones para no incinerar llegaron a la familia un día después de haber recibido sus cenizas.

En definitiva, la vida de Mariana no debió terminar así. Su muerte fue algo totalmente prevenible. Si tan solo las instituciones que estaban encargadas de protegerla hubieran tomado en serio sus acusaciones y activado el Protocolo para la prevención, atención y sanción del hostigamiento y acoso sexual de la administración pública federal…Tal vez Mariana seguiría viva, a punto de graduarse para cumplir el sueño de su vida: Ser médica.

Pero ¿Cómo un pedido de ayuda de esta magnitud pudo ser ignorado, minimizado, y ridiculizado al grado de pretender que unos tamales y unos días de descanso fueran la solución? Quisiera decir que no lo entiendo, pero sí.  Esto tiene su origen en la cultura de la violación.

En la década de los setenta, durante la segunda ola del feminismo, algunas sociólogas acuñaron el término cultura de la violación para describir a las sociedades en las que se normaliza la violencia sexual minimizándola, ignorándola, o fomentándola  mediante prácticas y actitudes misóginas. Cuando hablamos de la cultura de la violación, nos referimos a la tolerancia y normalización de la violencia sexual contra las mujeres, y a todas las formas en las cuales la sociedad se las ingenia para culpar siempre a las víctimas de la violencia que otros ejercen sobre ellas.

Este fenómeno se manifiesta de muchas maneras. Por ejemplo, en los comentarios indolentes realizados apenas unos días después de la muerte de Mariana, por uno de los maestros de su casa de estudios, la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH). El docente Héctor Alonso Álvarez Chang —que además es ginecólogo— se atrevió a lanzar comentarios como: “Y las mujeres le cerraban el ojito al maestro, le sonreían, ya sabes, ¡Y luego dicen que por qué las matan!”.

La cultura de la violación también se expresa cuando alguien responsabiliza a una víctima por su forma de vestir, por andar en la calle, por tomar alcohol, por tener amigos. También se manifiesta cuando aconsejamos a las mujeres “cuidarse de que no las violen” en vez de exigirle a los hombres que paren de violar. Es cultura de la violación cuando creemos que el acoso callejero es un halago, cuando se trivializan las agresiones sexuales con chistes y memes, cuando se ponen en duda las acusaciones de violación cuestionando a las victimas y utilizando el argumento de las “denuncias falsas” que estadísticamente representan si acaso el 2% de las acusaciones. Es decir que cuando les creemos a las víctimas, tenemos un 98% de probabilidad de estar haciendo lo correcto.

El caso de Mariana trajo al debate nacional la forma en la que nos relacionamos en los hospitales y que tan normalizado tenemos el acoso sexual en ellos. Expuso el hecho de que este tipo de violencia es tolerada en las instituciones de salud y en las universidades que forman profesionales de estas áreas. Nos dejó ver que la desigualdad estructural que sufrimos las mujeres en el sistema de salud se encuentra avalada y sostenida no únicamente por los hombres, sino también por otras mujeres en posiciones de poder, como la directora de la facultad de Medicina o la directora de la clínica de Nueva Palestina.

Hace un días El Universal publicó que “Fernando Cuauhtémoc N” tiene acusaciones por hostigamiento sexual desde 2014, por parte de compañeras e incluso pacientes del hospital de Yajalón, en Chiapas, pero ninguna autoridad hizo nada al respecto. Es verdad que no todos los hombres acosan o violan, pero quienes callan y solapan a quienes sí lo hacen también son parte del problema.  

Es nuestra responsabilidad hacer que la muerte de Mariana no quede en el olvido. Esta tragedia nos tiene que obligar a reflexionar sobre por qué permitimos y toleramos la violencia sexual en nuestras universidades y espacios de trabajo. Y sobre todo, nos debe hacer comprender que si las mujeres que formamos parte del sistema de salud no luchamos para que las unidades médicas y los hospitales sean espacios seguros y libres de violencia sexual, nadie más lo hará.

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