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Es que… ¿Ya todo es acoso?

Diana Bañuelos

El 24 de abril de 2016 irrumpió en nuestras redes el hashtag #MiPrimerAcoso, impulsado en aquel momento por la cuenta de Twitter de @estereotipas con la historia del primer acoso de Catalina Ruiz Navarro. A ese testimonio le siguieron miles. Tal vez millones. Nuestro timeline se inundó de mujeres haciendo públicas las historias de su primer acoso sexual. Muchas de ellas, cuando aún eran niñas.

Gracias a este hashtag el acoso sexual salió a la discusión pública por primera vez como una experiencia colectiva. Nos empezamos a dar cuenta de que en realidad ser acosadas era algo más común de lo que parecía, y que muchas de nosotras (sin importar nuestra edad, color de piel, peso, talla, estatus económico, social, estado civil, etc.) lo habíamos sufrido a lo largo de nuestra vida. Entonces entendimos que el acoso era un problema de todas, no era algo que nos había ocurrido porque “nos descuidamos” o porque “lo provocamos.”

Fue tanto el impacto de #MiPrimerAcoso que la revista Distintas Latitudes realizó un estudio del comportamiento de este hashtag durante sus primeros días, y este arrojó que la edad más mencionada en los testimonios fue la de ocho años. La pedofilia es un problema mucho más severo de lo que parece. (1)

Según este mismo estudio, cuatro de cada 10 casos fueron en realidad abusos sexuales. El 62% de los agresores fueron desconocidos, lo que deja un margen de 38% que sí eran conocidos (como padres, tíos, hermanos, vecinos, profesores, etc.) y solo el 47% tuvo lugar en la calle. Esto quiere decir que el 53% de estas historias ocurrió en lugares considerados seguros, como la casa o la escuela. 

Más tarde, en 2018, apareció el #metoo. Alysa Milano twitteaba que si tan solo cada una de las mujeres que había sufrido acoso sexual al menos una vez en su vida, respondía a ese tweet usando el hashtag  #metoo, podríamos darle al mundo una idea de la magnitud del problema. La respuesta fue abrumadora. Este hashtag fue utilizado más de 200 mil veces el primer día, y más de 500 mil veces el segundo. En Facebook, #metoo fue usado por 4.7 millones de personas en más de 12 millones de publicaciones. Facebook reportó que en Estados Unidos el 45% de los usuarios de esta red social tenía por lo menos un amigo que había hecho una publicación utilizando la frase #metoo.

Pero, además de las múltiples acusaciones a Harvey Weinstein, lo que más recuerdo de aquellos días es un debate entre Marta Lamas y Catalina Ruiz Navarro en el programa de Loret de Mola. El contexto de este debate era que mientras las actrices en Hollywood desfilaban de negro en una alfombra roja en protesta por la violencia sexual en el medio artístico, algunas artistas e intelectuales francesas lanzaron un manifiesto en el que criticaban el “puritanismo” del movimiento de las americanas. A pesar de lo fuera de lugar que resultaron algunas afirmaciones de Lamas, la claridad y contundencia de Catalina en ese debate nos dejó muy claro que el centro de esta discusión sobre lo que se considera acoso es el consentimiento.

La palabra consentimiento se refiere a la acción de aprobar algo para su ejecución. Por ejemplo, en salud utilizamos cartas de consentimiento informado para realizar algún procedimiento médico; en educación solicitamos en ocasiones el consentimiento de los padres para realizar alguna intervención con los alumnos, etc.

El consentimiento en las relaciones humanas —específicamente en las de carácter romántico y sexual— es primordial para que una práctica no se considere agresión. Entonces, ¿es acoso tocarle a alguien la cintura? Eso va a depender de si la persona que será tocada dio su consentimiento ya sea implícito o explícito para llevar a cabo esa acción.

Por eso, siempre que leo o escucho a alguien decir que “ya todo es acoso” me doy cuenta de lo ajena que les resulta la palabra consentimiento. Y es que los hombres (por lo general) están acostumbrados a pensar que su deseo es más importante que el de sus parejas; es su deseo lo que está en el centro y no lo que las otras personas quieren.

También me pasa cuando leo que dicen  “Acoso es cuando estas feo, cuando estas guapo es coqueteo”, pero ser “feo” o “guapo” depende la percepción estética de cada una, quien es guapo para mí, puede que para mis amigas no lo sea y viceversa. Entonces, aquí no importa si eres guapo o feo, lo que va a marcar la diferencia es si le gustas a esa persona y por lo tanto quiere que te acerques (o sea, está dando su consentimiento) o no.

Entiendo que los roles de género han sido cruciales en el hecho de que a los hombres les enseñaron a pensar que las mujeres tenemos que ser personajes pasivos, sin iniciativa sexual, y que nos vestimos y maquillamos exclusivamente para atraer su atención. Entonces, deberíamos “agradecer” cuando nos tiran un “piropo” en la calle, o cuando nos hacen comentarios sexuales sobre nuestro cuerpo a manera de “cumplido”. Pero esto no es así. Aunque claro que existen mujeres a las que les gustan esas muestras de atención, lo que determina si es acoso o no es precisamente si ella está dando su consentimiento y se siente feliz de recibir estos piropos, o si por el contrario, ella no está consintiendo a esto y la hacen sentirse vulnerable o agredida.

Como vemos, es muy difícil judicializar todas estas prácticas porque no dependen de la acción, sino de la intención, el contexto y sobre todo, si son consentidas o no. Por esto es que muchos grupos feministas se han encargado de señalar ciertas prácticas dañinas, que si bien es cierto, se dan en todas partes, eso no significa que todo sea acoso. Lo que sí está claro es que los hombres tienen que cambiar su manera de relacionarse con las mujeres y aprender a poner nuestro consentimiento por delante antes de iniciar cualquier avance sexual sobre nosotras.

  1. Distintas Latitudes, “#MiPrimerAcoso: la etiqueta que destapó la cloaca de las agresiones sexuales”, mayo 24, 2016. https://distintaslatitudes.net/historias/reportaje/miprimeracoso-la-etiqueta-que-destapo-la-cloaca-de-las-agresiones-sexuales

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