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viernes, mayo 14, 2021
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¿Están sufriendo los hombres una nueva “cacería de brujas”?

Diana Bañuelos

Un día en el trabajo uno de mis compañeros me preguntó si estaba tranquila con mi conciencia, ya que al promover que las mujeres denuncien a su acosador sexual estaba fomentando una “cacería de brujas”. No le tomé importancia en el momento por que estaba ocupada, pero conforme pasaron los días me di cuenta del cinismo que se necesita para referirse a las denuncias por violencia sexual haciendo uso de este fenómeno histórico en particular.

La caza de brujas tuvo un impacto muy severo en la condición social de las mujeres. En Calibán y la bruja, Silvia Federici explica que fue una herramienta del capitalismo incipiente para establecer la división sexual del trabajo que acabaría por asignarnos el rol de madres y cuidadoras del hogar. Que las mujeres aceptáramos hacer estas tareas “por obligación”, sin recibir ningún salario, fue fundamental para que los dueños del capital contaran con una mano de obra estable. Las mujeres tendríamos que olvidarnos de controlar nuestra reproducción y dedicarnos a cuidar a nuestros hijos en una época en la que la mortalidad infantil y perinatal era elevadísima; además de realizar todas las tareas domésticas y de cuidados para que los hombres (obreros) pudieran tener un sitio donde reconstituir toda su fuerza de trabajo. Es decir, dónde llegar a comer y dormir para poder ser explotados cada día. Pero esto requería un disciplinamiento colectivo que se dio a través de esta campaña de terror contra las mujeres.

A las “brujas” se les mandaba a la hoguera por tres delitos principales: ser demasiado atractivas, porque se creía que eso implicaba tener poder sexual sobre los hombres a través de la brujería; estar organizadas, pues el simple hecho de caminar juntas o reunirse entre mujeres se consideraba una conspiración; y por último, poseer “poderes mágicos sobre la salud”, que no eran más que conocimientos anatómicos, ginecológicos y de herbolaria.

Las historiadoras actuales coinciden en hablar de aproximadamente 200 mil ejecuciones de mujeres, la mayoría de ellas quemadas vivas en la hoguera. Sin embargo, incluso hasta nuestros días, hay mujeres que son acusadas de brujería. En Tanzania, tan solo en el primer semestre de 2017, 479 mujeres fueron acusadas de brujería. En Ghana, hay refugios para  “brujas”, que no son más que mujeres que fueron expulsadas de su comunidad con estas acusaciones. América Latina no es la excepción. En 2012 quemaron a una mujer en Colombia acusada de practicar brujería, en 2015 a otra en Uruguay, y a una más, en Perú, en 2016.

¿Cuántos hombres en la historia fueron quemados vivos en una hoguera por una denuncia de acoso sexual? Ninguno. Para nosotras, en cambio, una cacería de brujas implica siglos de tortura y muerte. Pero hay quien aún tiene la insolencia de llamarle “cacería de brujas” al hecho de ser exhibidos socialmente por haber ejercido violencia contra las mujeres, y se escudan en el mito de las denuncias falsas para desacreditarlas.

Dudar de las acusaciones de las mujeres es algo tan arraigado en nuestra cultura, que incluso en la biblia encontramos la historia de José de Egipto y Zuleica, la esposa de Putifar. Putifar fue un oficial de la corte egipcia, que compró a José como esclavo cuando sus hermanos lo secuestraron y vendieron. La biblia retrata a Zuleica como una mujer infiel y provocadora que, en venganza al verse rechazada por José, lo acusa falsamente de haberla violado y este va a prisión. ¿No les parece muy familiar esta historia? Dice Virginie Despentes en Teoría King Kong que esta fábula adoctrinadora de las mujeres vengativas que deciden acusar de violación falsamente a esos objetos de su deseo no correspondido, persiste en todas las culturas, clases sociales y momentos históricos.

Pero según datos de ONU mujeres, se calcula que únicamente el 3% de las denuncias por violencia de género se consideran falsas. Eso quiere decir, que tenemos un 97% de posibilidad de estar haciendo lo correcto cuando decidimos creerle a una víctima. En todo caso, las denuncias falsas pueden presentarse en cualquier delito. Si llega una persona a denunciar que entraron a robar en su casa por la noche, nadie cree que se está inventando la denuncia. Lo mismo si denunciamos un robo de auto. No se le va a cuestionar al denunciante si de verdad le robaron el auto o nada más está inventando todo para llamar la atención o para perjudicar al supuesto ladrón. Tampoco le preguntamos qué ropa llevaba puesta o si estaba bebiendo alcohol cuando le robaron. Esto únicamente ocurre en el caso de las denuncias por violencia sexual, donde enseguida sacamos la carta de las denuncias falsas y empezamos a cuestionar y a estigmatizar a las victimas para que se ajusten a lo que creemos que debe ser una victima, antes de tomar en serio su testimonio.

Por otro lado, tampoco es cierto que las denuncias por violencia sexual arruinen las vidas de los hombres. Si esto fuera así, personajes como Donald Trump, Plácido Domingo, Morgan Freeman, Steven Seagal, Bill Cosby o Woody Allen estarían arruinados, y no lo están, al menos no por estas acusaciones. En años recientes hemos visto que hombres como Harvey Weinstein y Jeffrey Epstein han sufrido las consecuencias de sus propios actos, pero eso no es culpa de quienes los denunciaron, es su responsabilidad enfrentar las consecuencias de la violencia que ejercieron.

Por esto es que para mí, y para muchas otras feministas que recorremos el camino del acompañamiento a las víctimas, es un compromiso ético creerle a ellas: porque sabemos que para hacer una afirmación de esta magnitud, tiene que haber una razón importante. Aunque esto no quiere decir que lo hagamos sin la responsabilidad y seriedad que se requiere, de ninguna manera podemos tolerar este discurso hostil en contra de las denunciantes, cuyo objetivo es intimidarlas para que permanezcan en silencio. Ya no más. No están solas. Nosotras les creemos.

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