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miércoles, junio 23, 2021
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Insectos somos

William Casanova (*)

Una madrugada, a las 4:40, tras un sueño breve pero reparador, Kaugorio Samsa se despertó convertido en un alado insecto. En vez de sus dos garras, tenía una hilera de patitas a la izquierda; igual número a la derecha. Ahora no tenía dos sino cuatro alas, dos delanteras y dos traseras, más cortas. Su pico, el que tanto blasfemó, se transformó en probóscide.

–¿Qué carajos me pasó?

No estaba soñando. Su recámara, una recámara del Infonavit, era la misma de siempre. Por las ventanas, la lluvia de junio refrescó el ambiente. El petricor y sus recuerdos. La humedad en el aire enfrió sus antenas, ahí donde antaño un copete rebelde jamás se convirtió en vereda a un lado, en sus otrora negras plumas.

Afuera, la lluvia caía oscura y lenta.

Lenta y oscura, como los recuerdos y la vida robados por un microscópico virus. Las gotas rebotaban en charcos de nombres, caras difusas, pasado borroso, una realidad que aún no se entiende. Su nueva realidad: dejó de ser ave para ser un lepidóptero de hábitos nocturnos.

Descubrió que la luna era su punto de referencia primaria. En su ADN, millones de años le explicaron que ese mecanismo permitió a su especie navegar en forma segura en medio de la oscuridad y del silencio. En la negra noche, el satélite natural era su musa, su fuente de inspiración, su razón de vivir, manantial que sacia la sed de aprendizaje, la luz que el hombre interpreta como ciencia y verdad.

Tomó un paseo celestial. Supo que había llegado el momento para matar el pasado y volver a la vida.

Se descontroló con el resplandor de la modernidad. Sus ojos, como los de humanos, cuentan con sensores de luz, pero su ADN ignoraba que la mercadotecnia electoral inventó fuentes de luz artificial; lo supo demasiado tarde.

Esperando llegar a la luna encontró el fuego.

Su cercanía con la luz artificial le causó una blanca ceguera, se volvió vulnerable. Atribuyó el calor de sus venas al gozo de llegar al lugar sagrado, a su fuente de inspiración y orientación.

La brasa, orgullosa de su conquista, le concedió el honor del sufrimiento a carne viva, la sangre expuesta, el tufo a un sueño quemado, antes de aporrearlo a la realidad.

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(*) Reportero

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