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jueves, septiembre 23, 2021
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El rugido de vuelta al diamante

Andrés Novelo Basulto

Como niño con juguete nuevo, con paleta tipo piruleta; como recibir una inyección en tiempos de dolor y carencia de salud; como una donación de sangre luego de irla perdiendo a paso lento, así fue volver a poner los pies en la guarida de los Leones de Yucatán, el 25 de mayo pasado.

Esa sensación llegó como si fuera la primera temporada de novato, como cuando Fernando “el Toro” Valenzuela pisó por vez primera el parque Carta Clara en 1979 para ser el novato del año, o Andrés Cruz en 1986, y Manuel Rodríguez, en 2015, ante las luces del hoy estadio Kukulcán Álamo.

Mil sensaciones raras pero gratificantes, de esas que enchinan la piel y dejan con muchas ganas de que las glándulas lagrimales trabajen a todo vapor. Momentos en los cuales no se encuentran palabras ni acciones para demostrar lo que se siente.

La única opción es hablar consigo mismo y soltarlo todo, o demostrarlo sin vergüenza alguna ante las gradas y terreno de juego. Es como revivir aquellos hitos que han marcado la historia de la vida de cualquier amante del béisbol en Yucatán y que dejan huella para la eternidad en el Rey de los Deportes.

Volver después de un año sin juegos, es como volver a sentir cuando Oscar Rivera se paró en el sitio más solitario del diamante para tirar juego perfecto un 7 de agosto de 2005, en aquella lejana noche de la que nadie se ha podido olvidar porque no se ha repetido algo parecido.

Qué decir del eco y ruido que aún no paran en la memoria por aquel tablazo en la entrada 14, del 27 de agosto de 2006, cuando un joven Jesús Castillo se bañó en oro y regó la riqueza en los aficionados que vitoreaban el tercer cetro de los Leones de Yucatán.

Hoy, con una nueva normalidad, el Kukulcán ya no olía a fritanga, francés y boneless. El ambiente aromático cambió al de la precaución y prevención. Un respeto impuesto ante lo que nos privó de muchas cosas, en el campo o fuera de este, durante la sequía de béisbol.

El estado reabrió sus puertas con un imponente olor a alcohol que no provino de cerveza regada accidentalmente aquí y allá entre las gradas. El ambiente trae desinfectante y aparatos para checar la temperatura, distancia entre asientos para delimitar bien las medidas de seguridad.

Pero ni esa nueva normalidad pudo contra los sonidos y los personajes únicos que identifican la leonera: el pregonar de los venteros, el baile del caballo, el tronar de los dedos con la ansiedad por lo que pasa en el diamante y por esperar a que llegue

la “Wera” con las “piedras”, esos bocados de masa que son alimento obligado desde la sazón dejada por don Liberato, su creador original, cuyo complemento bien puede ser con el sándwich que sacia el vacío estomacal cuando llega Manolo.

Quedan los ecos imaginarios en los que retumba el grito de Miguelito, “el rey de los pastelitos”: “que lloren niños, queee llooooren…”.

Aunque no siempre se tiene la gracia, o desgracia, de recibir la sagrada lluvia–ni modo, la temporada del Rey de los Deportes coincide con la de los ciclones en esta parte del sureste del país–, la alerta prevalece antes, durante y después del juego.

Pero ni el más fuerte aguacero puede detener al personal de mantenimiento del estadio: los llamados “perros negros”, en su papel de guardianes del campo, serios y relajados, pero que a la primera gota de lluvia estarían listos con el equipo para proteger el campo; sus manos se vuelven máquinas y sus piernas un remolque para cubrir el diamante más precioso del lugar.

Evidencia suficiente hubo en la temporada de 1984 cuando prácticamente terminaron prendiéndole fuego al campo para secarlo y permitir que el juego continuara… y así entre agua y llamas Yucatán entró a la historia al ganar el sexto juego de la final ante los Indios de Ciudad de Juárez.

Luego de meses cerrado por culpa de un virus que se llevó la tranquilidad de las personas, arrancó y sigue llevándose personas queridas y golpeando más de un sueño, el día del retorno al Kukulcán el campo está parejo, bien pintado y definido. No podía faltar nada más.

Solamente que los héroes salieran a pelear la corona, que el rugido de los felinos se sintiera en todo el Kukulcán para ir con todo por el campeonato.

Cada pitcheo, swing, jugada y cambio, comenzó a vivirse de nuevo al máximo. En cada movimiento de este 25 de mayo de 2021 volvieron los recuerdos como veloces hits: momentos grandiosos, segundos desesperantes, imágenes de peloteros corriendo entre las bases.

Una memoria colectiva en un estado como Yucatán donde, si se levanta una piedra, es fácil encontrar como mínimo alguien que alguna vez blandió un bate o lanzó una pelota, si no es que se trata de un prospecto de profesional. En cada carrera anotada durante el reinicio de la vida beisbolera en la guarida de los Leones de Yucatán hubo un grito que expulsaba un sentimiento profundo de cada uno de los asistentes al ritual de la pelota caliente.

Y de nuevo los recuerdos hicieron pasarela como los grandes después de un cuadrangular: ahí entre el polvo y el pasto del campo estuvieron Zacarías Auais, Sebastian Valle, William Berzunza y Luis Borges, el “Indio” Peraza o Yoanner Negrín.

Cada uno de ellos dejó un legado dentro y fuera del terreno de juego que se mantiene ante todo y se convierte en parte del motor que hace amar el regreso al estadio.

En medio de la incertidumbre que provoca una crisis sanitaria, con el béisbol solo puede estarse agradecido. Porque aun cuando sigue siendo un juego, es también un modo de vida del cual muchos no pueden –ni quieren o siquiera piensan–separarse.

El Kukulcán Álamo está lejos de ser nada más que la sede para la práctica de un deporte de arraigo en Yucatán. No es solamente la casa de los Leones, es un espacio de encuentro de amigos, de conocidos, de familia… estén o no ahí por distintas circunstancias, todo gracias al “rey”.

Después de un cierre trágico y doloroso, del silencio entre sus butacas, de la soledad de los pasillos y la ausencia de proezas, el béisbol retomó el estadio para permitirle a la afición recordar tal cual es, con el ánimo de jugar y vivir cada partido como si fuera el último, porque al igual que en el campo, en la vida cada día es un juego diferente.

Como al despedirse de ese primer día mirando de nuevo al diamante, el autor de esta crónica aprovecha para rendir homenaje a todas aquellas personas que se quedaron sin llegar al siguiente turno albat, a quienes perdieron la batalla en el camino a las entradas extra, pero que desde el dugout eterno disfrutan una mejor vista del campo de los sueños. “En especial a mi manager, coach y utility,Alba Enelú Basulto Barrón”.

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