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martes, octubre 19, 2021
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Llueva, truene o relampaguee: ¿estamos listos para el regreso a clases presenciales?

Hasta el 8 de agosto de 2021 hablábamos de 613 defunciones y 60,928 contagios de COVID-19 en menores de edad en nuestro país. La Organización Panamericana de Salud (OPS) advirtió que los niños pueden desarrollar un síndrome inflamatorio multisistémico grave secundario a la enfermedad por COVID-19, por lo que al no contemplar para la vacunación aún a esta población, el riesgo que corren al infectarse —sobre todo con las nuevas variantes del virus— sigue siendo elevado. 

Por lo tanto, mientras las infancias aún no tengan una vacuna disponible, el riesgo de enfermar, complicarse y morir, sigue latente. Pero para quienes se dedican al trabajo de escritorio de la salud pública, las personas —en este caso, las niñas y niños— dejan de tener un rostro y un nombre, y son solo cifras. Así, el mismo Hugo López-Gatell ha dicho que no considera que la cifra de mortalidad en niños sea significativa, pues solo alcanza el 6%. Pero para quien es madre o padre de familia, la simple idea de considerar que su hijo o hija forme parte de esa estadística es aterrador.

Los argumentos de la titular de la SEP para regresar a las aulas son desafortunados. Habla de rezago educativo, cuando para nadie es un secreto que uno de los problemas más graves del sistema educativo mexicano siempre ha sido el acceso desigual a la educación y que es en la población más empobrecida donde esto se agudiza, al grado que muchos educadores e investigadores no exageran cuando aseguran que el rostro del analfabetismo en México es mujer, indígena, y probablemente con alguna discapacidad. 

La evaluación PLANEA 2018 de la SEP arrojó cifras como que casi el 80% de los alumnos y alumnas de primaria no alcanzaron los aprendizajes esperados en comprensión lectora y matemáticas. Esto, aún acudiendo a clases presenciales en la dinámica que conocemos de siempre, antes que el mundo se paralizara en 2020.

Ojalá que mucho antes de la pandemia, el presidente Andrés Manuel López Obrador hubiera declarado como actividad prioritaria en la política nacional a la Educación, porque llevamos décadas con una educación pública insuficiente, desigual y de calidad incierta. Así que era inevitable que estas carencias se agudizaran a raíz de la emergencia sanitaria, tal como quedó plasmado en la encuesta para la medición del Impacto COVID 19 en la Educación del INEGI, cuyos resultados arrojan que alrededor de 1.5 millones de niños, niñas y adolescentes entre tres a 18 años no se inscribieron en el ciclo escolar 2020-2021 por causas relacionadas a la pandemia. En algunos casos porque no contaban con los recursos tecnológicos para tomar clases en línea, aunado a las causas habituales de rezago como los embarazos adolescentes, la ruralidad precaria, la pobreza, la delincuencia y la explotación laboral infantil.

Las clases en línea, ¿no sirven?

La educación en línea se ha estudiado durante décadas. De acuerdo con las investigaciones realizadas, el aprendizaje en línea es efectivo con un diseño y planificación del programa detallados, a diferencia de la Enseñanza Remota de Emergencia, que responde a un cambio súbito a medios alternativos como consecuencia de una crisis. Tristemente, a pesar de tener profesionales calificados dedicados al estudio y diseño de programas educativos en línea en México, la transición se dio simplemente de educación presencial a educación remota de emergencia sin ningún tipo —o muy precario— de acompañamiento para que los profesores pudieran integrar a sus prácticas las herramientas necesarias para que sus intervenciones en línea fueran efectivas.

Así, tenemos infinidad de profesores de todos los niveles educativos que siguen, después de un año, creyendo que una clase en línea es lo mismo que dar una clase presencial, y esto no es así. Un curso en línea debidamente diseñado tarda un aproximado de seis a nueve meses en planearse (Hodges, y Moore 2020). ¿Cuántos maestros tuvieron este tiempo para realizar su planeación didáctica acorde a esta metodología? En efecto, ninguno.

La decisión de la SEP del año pasado fue cerrar las escuelas y pasar a la educación remota ante la crisis sanitaria. Pero después de esto, ¿cuántos docentes recibieron herramientas necesarias para guiar su práctica hacia un aprendizaje en línea de calidad? 

Por lo tanto, nuestra percepción como padres y madres de familia, es que nuestros hijos no aprenden nada y probablemente así sea. Pero no es culpa de los maestros, al menos no de los que están frente a un grupo tratando de poner su mejor esfuerzo todos los días ante tantas limitaciones. La responsabilidad recae en la Secretaría de Educación por, literalmente, abandonar no solo a los docentes, sino a todos nuestros estudiantes.

“¿No quieren que vayan sus hijos a las escuelas? Pues no los manden.”

Ahora en un intento desesperado por justificar y sostener la terquedad presidencial,   Delfina Gómez Álvarez sale a dar este discurso torpe y moralizador de que “los alumnos necesitan un espacio amigable y propicio para socializar”, y que “respetarán los protocolos sanitarios, de forma que el regreso a las escuelas sea seguro”. Me pregunto si la titular de la SEP sabrá la cantidad de niños y niñas que deben abordar un transporte público saturadísimo para llegar a la escuela, y si es consciente que este “regreso seguro” recaerá directamente en los hombros de los padres de familia que tendrán que donar ya no solo material de limpieza, sino su propio tiempo para asegurarse que las aulas se sanitizen y esos “protocolos se cumplan”.

La resistencia de muchos padres y madres de familia al regreso a las clases presenciales no es más que un reflejo del fracaso de las autoridades en generar la confianza necesaria de que se pueden garantizar condiciones mínimas de seguridad en las escuelas ante la pandemia de COVID-19. “Pues no los manden” dice Andres Manuel López Obrador a quienes se oponen: “hay que pensar en la educación”. Estoy de acuerdo, hay que pensar en la educación, pero creo que el presidente no tiene en cuenta que incluso antes de la pandemia teníamos escuelas que carecían de agua corriente, baños en pésimas condiciones, salones pequeños y poco ventilados donde el hacinamiento era tanto que los brotes de piojos y otros parásitos difícilmente se podían controlar. 

Por eso llama tanto la atención que aseguren que el retorno a las aulas será seguro. ¿Será que durante este año de pandemia la SEP se dedicó a mejorar la infraestructura de las escuelas?

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