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jueves, septiembre 23, 2021
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¿Compañere o compañera? El dilema del lenguaje inclusivo

Nuestros pensamientos se traducen en palabras y son nuestra forma de aproximarnos a la realidad. Pero las palabras, en sí mismas, están vacías: somos nosotros quienes las llenamos de significados anclándolas a objetos, sujetos y experiencias acorde a la sociedad en la que nos desenvolvemos. ¿Pero qué pasa cuando esta sociedad cambia al ritmo más acelerado que hemos experimentado en siglos?

En días pasados explotó en redes el video de una persona no binaria reclamando en llanto a su compañero de clase por llamarle “compañera” en vez de “compañere”. Esto desató una serie de burlas y memes en internet, pero también abrió la discusión del lenguaje inclusivo y las formas correctas de utilizarlo.

En lo personal, tengo mis reservas con el uso del sufijo E y prefiero buscar la forma de darle la vuelta a la frase para no señalar un género. Casi siempre mi salvavidas es anteponer la palabra “personas”. Así, evito el dilema de escribir “los servidores públicos” y escribo “personas servidoras públicas”, para no reforzar el estereotipo de que solo los hombres son servidores públicos y tampoco asumo el género de nadie.

Sin embargo estoy muy consciente de que mi reticencia al uso de la E no es más que el resultado de mi educación en un sistema patriarcal que cuando era niña me hizo creer que cada vez que alguien escribía o hablaba en masculino, también se refería a mí. 

En ese entonces, no tenía otra opción más que conformarme con eso, y poco a poco aprendí a aceptarlo. Pero cuando las feministas comenzaron a exigir que se nos nombrara también a las mujeres y que se dejara de hablar en masculino, me di cuenta que no estaba equivocada y que esa incomodidad tenía una razón de ser: no estábamos incluidas en ese “masculino universal”. 

Algunos “puristas” del lenguaje han sacado a colación aquella entrevista de Jorge Ramos con Mario Vargas Llosa, en la que dice que el idioma español “tiene un masculino inclusivo”. Cuando Ramos le cuestiona si eso no le parece machista, Vargas Llosa  responde que de ninguna manera podría aprobar “tal desnaturalización del lenguaje”. 

Vargas Llosa está muy lejos de reconocer que el lenguaje tiene el poder de cambiar la realidad, y que como bien dice Celia Amorós, conceptualizar es politizar, porque lo que no se nombra, no existe.

Independientemente de lo que yo crea, opine o sienta, estoy consciente que no tengo derecho a  negarle a nadie su identidad, ni puedo pasar por encima del derecho fundamental que tiene cada persona de elegir cómo quiere ser nombrada. Sin embargo, si quiero dejar claro que el uso del sufijo E y los pronombres como “elle” solo aplican a las personas que se identifican con lo no binario, género fluido y algunas personas trans. No son universales. Esto significa que lo correcto sería decir: “todos, todas y todes”. 

Esta simple adición a nuestra jerga coloquial en pro de la inclusión de las minorías que reclaman su derecho a la visibilidad, exaspera a muchas mentalidades rígidas y acartonadas. Como si fuera un crimen o una ofensa directa hacia lo que sea que suponen que genera y supervisa el lenguaje: la RAE. 

Pero la realidad es que, probablemente como a mí, lo que les genera el malestar es su educación machista y patriarcal, que no les permite visualizar el universo lejos del sistema sexo-género en el que solo existen dos categorías: ellas y ellos; y así como les gusta quejarse cuando las feministas rayan o destruyen los monumentos excusándose en el “patrimonio cultural”,  hoy se quejan de la “destrucción” del idioma español. Lo curioso, es que no los veo quejándose de la destrucción del idioma cuando alguien usa las palabras: trolear, lashista, finde, scrolear, tiktokear, etc, Entonces, infiero que la molestia, en realidad, es que alguien “deforme” el lenguaje para sentirse incluido. 

El tema invadió no sólo nuestras redes sociales, llegó a colarse en nuestras conversaciones privadas como nunca antes. Y lejos de ser “un berrinche de la generación de cristal”, en los últimos años el uso de la E se ha convertido en toda una postura política y usarla abiertamente supone estar a favor de todos los derechos, para todas las personas.

El video del “compañere” puso sobre la mesa el tema del lenguaje inclusivo junto con los paupérrimos argumentos de sus opositores, pero ya lo advertía Nuria Varela: el machismo no tiene capacidad discursiva, por lo que siempre recurre a la ridiculización y el descrédito, los mismos recursos que usan desde las sufragistas. Por eso no es extraño —aunque es injustificable— el nivel de odio y burla que Andra Escamilla, quien protagonizó el video, sufrió en los últimos días. 

Nos guste o no el lenguaje crea realidades. Es nuestra forma de interpretar el mundo y al mismo tiempo tiene un impacto profundo en cómo procesamos mentalmente esa realidad mientras le damos significados a las cosas. Así que lo lógico es que si está cambiando nuestra forma de expresarnos y relacionarnos, también cambie la manera en que nos comunicamos.

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