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martes, octubre 19, 2021
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El nuevo sindicalismo: Nunca más sin las mujeres

Los sindicatos son —o deberían ser— un vehículo para la equidad, porque la violencia de género que enfrentamos las mujeres en el ámbito laboral es una práctica recurrente que persiste a lo largo y ancho del territorio nacional, pero que se denuncia poco y en la mayoría de los casos, permanece impune. 

La CNDH se dio a la tarea de reunir datos sobre la prevalencia de acoso y hostigamiento sexual en el trabajo para dimensionar esta problemática, realizando el “Diagnóstico de Hostigamiento y Acoso sexual en la Administración Pública Federal 2015-2018”, en el cual se evidencia la magnitud de la invisibilización de este problema, ya que tan solo 25 instituciones en todo el país accedieron a remitir informacion, registrando un total de 399 casos reportados, en donde el 96.2 por ciento de los agresores fueron hombres, y el 94.5 por ciento de las víctimas, mujeres. Desafortunadamente, solo en el uno por ciento de los casos se sancionó al responsable.

A partir de este diagnóstico y con la información en la mano, diversas organizaciones feministas lograron impulsar la creación del Protocolo para la prevención, atención y sanción del hostigamiento sexual y acoso sexual, el cual vio la luz un 3 de enero de 2020 en el Diario Oficial de la Federación. Sin embargo, a un año y medio de su publicación somos testigos de que poco ha cambiado, ya que en la práctica hacen falta sistemas que monitoreen y supervisen su aplicación tanto en las instituciones de la administración pública federal como en la iniciativa privada.

Esta invisibilización de la violencia de género laboral no es natural, sino que es una manifestación más de la violencia simbólica que se ejerce contra las mujeres desde quienes ejercen la autoridad. 

Es por esto, que la perspectiva de género aplicada al análisis de las estructuras sindicales nos permite identificar las prácticas sistemáticas de violencia contra las mujeres, que han sido normalizadas, ignoradas y justificadas en aras del “bien común de los trabajadores”, que es supuestamente “neutral”, pero que sólo refleja la experiencia masculina y excluye e invisibiliza las demandas, preocupaciones y necesidades específicas de las mujeres.

Sabemos que aún nos falta mucho para lograr que los sindicatos se constituyan como una herramienta fundamental para avanzar en la igualdad de género y para mejorar las condiciones de vida de las mujeres que trabajamos fuera del hogar, pero hay que reconocer los esfuerzos de quienes trabajan por todo el país para lograrlo, como la Red de Mujeres Sindicalistas, quienes trabajan desde 1997 para impulsar los derechos laborales y sindicales de las mujeres por todo el país, o como el Sindicato Nacional de Trabajadores del Instituto Mexicano del Seguro Social, el cual a nivel nacional cuenta con un programa de capacitación en igualdad de género, y en Yucatán tiene la primera oficina de atención a víctimas de acoso y hostigamiento sexual: la Alianza contra la Violencia de Género Laboral

Los sindicatos necesitan de las mujeres para transformarse y adecuarse a las demandas de la sociedad actual en la que cada día son más quienes abrazan la lucha por sus derechos humanos, laborales, sindicales y políticos. Y a su vez, las mujeres necesitamos de los sindicatos en la lucha por espacios laborales dignos y libres de violencia de género. 

El sindicalismo del siglo XXI tiene que transformarse en aras de la inclusión y la diversidad. Mucho más allá de la simple incorporación numérica de mujeres a las filas sindicales, el movimiento sindical requiere reinventarse y darle voz a esas mujeres, colocándolas en puestos clave para la toma de decisiones. 

Necesitamos hechos, no propuestas. Acciones concretas que demuestren el interés de los sindicatos de acompañar a sus agremiadas en la búsqueda de la justicia y la equidad.

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