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miércoles, mayo 25, 2022
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Soledad acompañada

   Sin una carta de despedida, sin mayor explicación, familiares, conocidos o vecinos optan por el suicidio. Una ola tan fuerte como el calor sacude el infierno terrenal en la “nueva realidad” de Yucatán.

   Que siempre ha figurado entre las entidades con mayor incidencia, que hay muchas teorías de esa alta tasa, que hasta tiene su diosa maya, el hecho es que 70 suicidios en lo que va de 2022 no enciende luces de alerta en una sociedad distraída de los asuntos prioritarios, que nos afectan a todos.

   El lunes los yucatecos despertamos con dos noticias. La nota roja reportó en ese amanecer tres suicidios en Mérida. Y así continuó la semana con al menos un caso diario, hasta este Jueves Santo.

   La nota positiva, una reciente encuesta de Arias Consultores: “Yucatán es el estado más feliz de México, ya que el 70.4 por ciento de sus encuestados aseguraron sentirse felices con su vida”.

   Desde marzo de 2020, esta pajarracada de los jueves insiste en la atención a la salud mental, como uno de los principales efectos secundarios que ha dejado la COVID-19. Los grupos de poder se han excedido en sus narrativas de miedo para minar el espíritu ciudadano, su principal arma en estos dos años ha sido un microscópico virus.

   Largos meses de encierro y de restricciones económicas fueron letales en muchas fuentes de empleo, en el cierre de negocios, en la salud mental colectiva. Aumentó la presencia de los malos, con tal de ganar dinero.

   De niños a mayores, nos transportamos a una “nueva realidad” basada en los espejos distorsionados de las redes sociales y su híper segmentación, la Matrix nos sumerge en la realidad alterna que diseñamos con nuestros datos más privados los cuales, sin reserva, regalamos.

   El sentido común alerta que no es saludable pasar tanto tiempo en las redes sociales (el eje de la “nueva normalidad”), ya sea para fines laborales, educativos o comunitarios, pero los estudios más recientes arrojan que los desbloqueamos al menos cinco veces por hora mientras estamos despiertos.

   Regalamos a través de nuestros teléfonos inteligentes la principal riqueza: el tiempo. El tiempo no es oro, es vida, pero lo desperdiciamos gozando horas y horas como espías de vidas ajenas, con noticias que nos dibujan un mundo atroz, sin salvación, un mundo de enfrentamiento y división, salpicada de propaganda encubierta cursi.

   Hay un mundo que no necesita de los “me gusta”, compartidos o número de seguidores, es el mundo de las relaciones humanas. El tiempo con las personas debe servir al diálogo, la comunicación. Muchos se fueron sin escribir una carta de despedida plasmando la soledad que surge en medio de familiares, compañeros del trabajo.

   En el mundo de los negocios nada es gratis, pero a cambio de una red social regalamos información confidencial (hasta nuestros códigos genéticos). Donamos la salud, pues vivir la “nueva realidad” exige estar al pendiente de chismes, series y películas en tiempo que, antes de la pandemia, se consagraban al sueño, el ejercicio o el descanso. Exige olvidarnos de los físicamente cercanos…

   Podría continuar, pero ¿quién lee en un Jueves Santo?

cavw67@hotmail.com

(*) Reportero.

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