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martes, agosto 9, 2022
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Cien años de blues

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Kaureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota, cuando su clase de educación cívica lo llevó a conocer el latón. La Secundaria Federal Número Dos era una aldea cercana a menos de un kilómetro del cerro de Xoclán, 300 metros a sus espaldas estaba el basurero municipal de Mérida. Se levantaba sobre la avenida Francisco I. Madero, en la colonia del mismo nombre.

Heredero del apellido del nombre oficial del turno matutino, “José Emilio Vallado Galaz”, el profesor asignó la corneta a la Banda de Guerra. Bajo los atardeceres rojizos de esta capital tropical, la pieza de latón tuvo un color indescriptible, como un oro iridiscente. Horas, días, semanas de soplidos y ensanchamiento del pulmón transformó en notas musicales lo que en un principio eran ruidos como el de las flatulencias.

El brillo del latón se apagó rápido. No lo soltaba en las tardes-noches (para dolor de cabeza de la familia y los vecinos), en un uso que aceleró la metamorfosis: la acidez del sudor y las huellas dactilares formaron una capa de óxido de color verdoso única. Cada corneta de la Banda de Guerra tenía una pátina como su fuera una CURP o el INE; desde varios metros, cada quien reconocía el suyo.

Era necesario aplicar la cera pulidora para devolverle el brillo. De nuevo como el oro para las efemérides. Por lo general, la limpieza de la pátina se hacía horas antes de los desfiles cívicos, los lunes de homenaje y de honores a Bandera, pues brillosas todas las cornetas se parecían, pero con la pátina eran únicos.

Con el paso de los años, el latón regresó, ahora en una pluma fuente, el modelo Brass Sport de la marca germana Kaweco. Pulida, se confunde con un lingote de oro; con su pátina, adquiere tonos verdosos y cafés opacos. Algunos los arrojan con las llaves y monedas del pantalón, para que se personalicen más con ralladuras.

El latón, además de su belleza externa, tiene vínculos con la música. Ese modelo de estilográfica tiene un peso y textura distinta a sus hermanas de plástico, aluminio, acero, plata y fibra de carbono. El Brass Sport alemán imprime un ritmo más lento y profundo a la escritura, es como un blues.

“Ya nadie lee” sostienen los enemigos del periodismo impreso, del dominio del lenguaje, la profundidad de la investigación, de corroborar cada dato, cada nombre, cada pensamiento atrapado en la tinta. Es un espectáculo ver los microscópicos cuerpos líquidos en tercera dimensión cuando se secan, hasta encarcelar la palabra en un arcoíris de tintas.

Redactar a mano una noticia, un reportaje o un artículo es como reproducir una pieza musical. Cada pieza tiene su ritmo; el lector lo sabe distinguir. Saben que los influenciadores son producto de la mercadotecnia, no del periodismo; no buscan la verdad sino los likes, retuits, compartidos y seguidores. En la Matrix la forma vale más que el fondo. “La vanidad es mi pecado favorito”, repetía el maléfico, personificado por Al Pacino en la cinta “El abogado del Diablo”.

Para la vista, todo lo que brilla es oro. El latón lo sabe, por eso brilla con los acordes de su interior.

cavw67@hotmail.com

(*) Reportero.

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